Este pequeño momento ha empezado cuando regresaba a casa de sacar a mi perro, un cachorro de siete meses de edad. El cielo estaba cubierto. El invierno se resistía a marcharse, y aunque ya era primavera, soplaba un viento del norte frío que refrescaba mucho el ambiente.
Nos cruzamos con un anciano en bastón, pelo blanco escaso y afeitado. Bien vestido con traje, corbata y abrigo que parecían un poco desfasados pero le conferían un aire de dignidad y de saber estar.
-Se le ve listo al perro. Tiene cara de inteligente- dijo mirando al cachorro. Yo ya estaba acostumbrado a que mucha gente se acercara y le dijera algo al perro
-Pues es una gamberra- contesté con mi respuesta estándar y una ligera sonrisa
-Le puedo dar un consejo- me preguntó con dulzura en su voz
-Sí, claro- le respondí algo dubitativo, ya que mucha de esa gente que se me acercaba me daba su opinión, sin haberla pedido, y, dependiendo del día, me llegaba a irritar. Pero el tono de la voz y el aspecto físico del anciano me hicieron imposible decirle que no.
-Todos los perros nacen con una enfermedad y tiene que tener cuidado con ella- aun siendo yo más joven me trató de usted denotando gran educación y respeto y me hizo sentir más cómodo
-¿y cuál es?- pregunté curioso y pensé si el anciano no estaría delirando un poco
-todos los perros son diabéticos de nacimiento y eso hace que a partir de los cuatro años empiecen a desarrollar problemas con la vista y, que si no se trata, al llegar a los diez años pueden quedarse ciegos ¿qué le da de comer?
-pienso, únicamente- le respondí intentando obtener una aprobación del anciano ya que sí que sabía que la comida de humanos en general, y el chocolate en particular, era muy malo para la salud de los perros, provocando ceguera
-Pues lo que le tiene que dar es mezclarle su comida con trozos de zanahoria. Es el mejor método que existe para prevenir problemas de visión en perros. Y en humanos también.
-lo he oído pero a mí no me ha funcionado- dije tocándome las gafas- Las llevo desde los doce años, pero lo mío es genético. Toda mi familia usa gafas- En ese momento pensé que el anciano me estaba contando una batallita.
-No crea que se lo dice alguien cualquiera- dijo a continuación como si me hubiese leído el pensamiento- que he sido veterinario de profesión y siempre me han gustado mucho los perros.
Y en este momento fue cuando, desechada de mi mente la idea de la senilidad del anciano, empezó la verdadera historia, cargada de sentimiento, que me ha sido imposible ni olvidar ni dejar de escribir.
-Acabo de cumplir cien años
-Imposible- no pude por menos de interrumpir. Escudriñé su cara en busca de arrugas, pero no las había. Si ese anciano me hubiese dicho que tenía setenta le hubiese creído- No los aparenta, señor. En serio, está muy bien.
-Muchas gracias, joven- se sintió halagado y no lo ocultó- Hasta hace dos años vivía en el interior de la provincia, en el pueblo más alto, cercano a las cumbres que están nevadas más de medio año –yo me imaginé perfectamente un pueblo solitario, la rudeza del tiempo y la vida difícil que había pasado ese hombre- y ahí he estado criando ganado junto a la compañía de seis perros. El más pequeño de ochenta y dos kilos. Todos mezcla de mastín con san Bernardo. Son los que realmente cuidaban del ganado. Tendría que ver cómo se las apañaban en reconducir a las cabras que se salían del camino y se acercaban a los precipicios –capté un cierto orgullo en sus palabras.
Yo ya estaba totalmente obnubilado con la narración del anciano y ya no existía nada más que la historia que contaba. Ni ciudad, ni personas, ni frío. Solamente era el anciano y su relato. En eso se acercó una chica joven a acariciar el perro. Me hizo una pregunta, el anciano paró de hablar, y contesté de manera automática y un tanto desagradable para que se marchara la chica y el anciano pudiera seguir con la narración.
-Pues hace dos años tuve que vender todo el ganado, ya que mis piernas no aguantaban más –dijo mostrándome el bastón- Me lo compró a una empresa francesa en Montpellier, una de las más grandes de Europa, que conocía de las ferias de ganado a las que he asistido. Vinieron con bastantes camiones. Y en el último se llevaron a los seis perros- en este momento interrumpió la historia porque le estaba afectando mucho. No podía articular palabra y los ojos se le pusieron llorosos.
-¡qué momento más duro! Lo siento mucho- dije yo sin saber qué añadir más
-Pues verá, seis meses más tarde, uno de esos perros apareció en el pueblo de nuevo. Totalmente esquelético, famélico, deshidratado. Yo ya me había mudado a la capital .Me llamó un vecino y me dijo que Nerón había vuelto al pueblo. Y le dije que cómo podía ser si estaba en Francia. Mi vecino me contó que lo único que sabía era que Nerón había subido las escaleras de la casa con mucha dificultad, olió la cama donde dormía y bajó las escaleras y se dirigió al cementerio. Yo, fui lo más rápido posible al pueblo y me encontré a Nerón sentado en la tumba de mi padre. No quería comer ni beber. No pude hacer nada. Murió cuatro días más tarde
Volvió a interrumpir la historia. Una lágrima le caía por la mejilla. A mí también. No podía decir nada. La cara del anciano mostraba todo el amor que sentía por ese perro. Le toqué el brazo a la altura del codo para mostrarle mi apoyo
-El perro se había escapado de sus nuevos dueños y había recorrido todo el camino hasta el pueblo donde había vivido conmigo. A pesar de que yo no estaba mucho con ellos, yo era su amo y era al único al que querían. Fue capaz de recorrer más de mil kilómetros para volver a su casa –y tras una pausa- Eran muy inteligentes. Los echo tanto de menos –su voz era apenas audible
-Desde luego son totalmente inteligentes- Fue la única respuesta que pude pensar. Todavía estaba embriagado por la historia que acababa de oír.
-Saben a quién quieren. Somos tan afortunados de poder contar con su amor -y ya recomponiéndose, dio un paso adelante con intención de seguir su camino- y ya no le quito más tiempo –parecía disculparse
-Por supuesto que no. Muchas gracias por contarme la historia. Yo tampoco le molesto más. Espero verle otra vez por aquí
-Claro
-Por cierto, me llamo César. Encantado
-César, encantado. Me llamo Vicente. No deje de saludarme si me ve.

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