martes, 24 de mayo de 2016

Camposanto

Cuatro personas esperan ansiosas la apertura de un nicho. La mañana es soleada pero aún fresca. La primavera apenas hace acto de presencia. Petra está allí, en el cementerio, a punto de asistir a la apertura de la tumba de un hombre muerto más de cien años atrás. Está rodeada por uno de los descendientes de ese hombre, del padre Evaristo y de la sargento de la Guardia Civil Gálvez, que lleva la investigación oficial. De pie, intranquila, Petra está deseosa de resolver el suceso que se destapó dos semanas antes y que es objeto de todas las conversaciones en el pequeño pueblo donde vive para poder recuperar su vida habitual.

 

Todo comenzó con una llamada del padre Evaristo.

—¿Cómo que tengo que pasarme por el cementerio? No me asuste, padre.

—Preferiría no decirlo por teléfono —su voz tembló—. Tiene que ver con la tumba de su bisabuela Remigia. Ayer, con la fuerte tormenta, cayó un rayo en el cementerio que dañó la tumba y, hoy, al ver qué había pasado, nos hemos asomado y hemos visto —hizo una pausa, dudando si continuar— o, mejor dicho, no hemos visto…

—Vamos padre, dígamelo —insistió—. No me haga esperar más.

—El cuerpo de su bisabuela no está. Lo siento mucho, hija mía.

—¿Cómo es posible?

Petra, con infinidad de preguntas en la cabeza, se dirigió al cementerio. Tuvo que esquivar un coche de la Guardia Civil aparcado delante de la puerta para poder entrar. Delante de la tumba donde se suponía que yacía su bisabuela, vio al padre hablando con una mujer vestida impecablemente con el uniforme de la Benemérita.

—¿Es usted el familiar directo de? —y mirando la lápida— ¿Remigia Huertas? —preguntó la mujer terminando abruptamente la conversación con el padre.

—¿Y usted es? —respondió Petra también de manera seca y cortante.

—Sargento Gálvez. El padre Evaristo llamó a la Guardia Civil y he venido para iniciar la investigación. ¿Me contesta? —su tono de voz mostró impaciencia.

—Soy Petra Ramírez. Remigia era mi bisabuela ¿Qué ha pasado aquí?

—La tormenta de anoche, querida Petra —empezó a responder el padre.

—Su bisabuela ha desaparecido —la sargento interrumpió rápidamente— Y viendo el interior de la tumba, yo creo que hace ya bastante tiempo de eso. ¿Sabía usted algo al respecto?

—No, para nada. ¿Y por qué se lo habrían llevado? ¿Quién querría profanar la tumba?

—Es lo que voy  a averiguar. Siempre ha habido —paró un momento para buscar el término correcto—desequilibrados y quizás estemos ante uno de ellos. Pero desde la muerte de su bisabuela han pasado ya bastantes más de cien años y eso complica la investigación. Cualquier cosa podría haber sucedido en tanto tiempo. Voy a intentar revisar los libros antiguos del cuartel en busca de cualquier indicio, pero será una empresa titánica al tener que comprobar tantos años. Padre, necesitaré acceso a los libros de la iglesia —ordenó al tiempo que el padre asentía—. Y, usted —refiriéndose a Petra—, necesito saber si todavía guarda usted o su familia objetos pertenecientes a su bisabuela.

—¿Para qué?

—Nunca se sabe. Quizás alguien querría vengarse de ella o vaya usted a saber. Sus pertenencias podrían revelar algún dato valioso para la investigación.

La historia corrió como la pólvora por todo el pueblo. Todo el mundo tenía su versión, desde un rito satánico a una venta del esqueleto, y la exponía sin tapujos a quien quisiera escucharla. Los más mayores del pueblo se pasaban el día recordando detalles de la Señora Remigia y contando chismes, inventados, exagerados o quizás reales, sobre ella.

Mientras tanto, Petra no salía de casa excepto para lo más básico. Era la única descendiente que quedaba en el pueblo de manera permanente y siempre que se disponía a hacer un recado la asaltaban para preguntarle si sabía algo nuevo, para contarle la última versión, cada vez más extravagante o truculenta sobre la desaparición de la difunta, o también para animarla a denunciar al ayuntamiento o a la iglesia. A ella eso la agobiaba. Todo el mundo tenía claro lo que hacer menos ella.

Sin embargo, Petra decidió hacerle caso a la sargento y empezó a rebuscar en lo más profundo del sobrado, donde guardaba los objetos antiguos de su familia, en busca de algo que fuera de la bisabuela. Allí encontró dos cajas que podrían haberla pertenecido. Las bajó a la cocina para echarles un vistazo concienzudo. Quería saber quién fue y qué secretos guardó su bisabuela.

Lo primero que se encontró fueron varias fotografías. Miró con interés todas y cada una de ellas intentando adivinar las personas que aparecían y los lugares donde fueron tomadas. Llegó a reconocer a su abuelo, el hijo de Remigia, a su tía abuela y a otros muchos y las distintas casas del pueblo. El color sepia, las grietas del tiempo y esos marcos antiguos enternecieron a Petra y la llenaron de nostalgia.

Después aparecieron unos libros. Los tomó con sumo cuidado. Uno a uno levantó las tapas para leer el título, intentado adivinar las historias que contenían. No reconoció ninguna obra. Pensó que quizás debería leerlos.

Y debajo del último libro encontró una cajita. La abrió. Encontró una cadena con un camafeo de oro ya ajado por el tiempo, varios anillos muy pequeños, uno de ellos roto, una bolsita de tela que parecía rellena de hierbas secas y un conjunto de tres cartas unidas por una cinta.

Las leyó con muchísima atención. Eran de un hombre. Eran de amor. La letra preciosa, muy detallista, ligeramente en cursiva. Ese tipo de letra antigua que se había perdido. Lamentablemente según pensó Petra.

En la primera carta, el hombre pedía perdón por tener marcharse del pueblo para labrarse un futuro al mismo tiempo que le declaraba su amor y le suplicaba que le esperara. En la segunda, llena de tristeza, se lamentaba por el casamiento de Remigia pero también le ofrecía su comprensión y le deseaba la mejor de las vidas. En la última, le mostraba su preocupación por su estado de salud y le comunicaba su vuelta al pueblo lo antes posible. Amor, tristeza, preocupación. Todas ellas escritas con extrema ternura, al leerlas a Petra se le cayeron un par de lágrimas por la mejilla.

Lamentablemente ni en la carta ni en el sobre aparecía el nombre del hombre. Firmó siempre como “su amado”. La imaginación se apoderó de la mente de Petra.

En ese momento sonó su teléfono móvil.

—¿Señora Ramírez? —la voz de la mujer sonó contundente.

—Sí, dígame.

—Soy la sargento Gálvez. Venga a la sacristía. Tengo que comunicarle una cosa. No tarde.

—Ya estoy saliendo de casa —dijo Petra colgando el teléfono.

La sargento y el Padre Evaristo estaban rodeados de papeles. Se veían antiguos. Ella conservaba el mismo rostro impenetrable que Petra vio el día que la conoció mientras que el padre tenía una mirada alegre, ingenua, un tanto infantil, como de un niño que acabara de abrir sus regalos de reyes.

—¡Quizás lo tengamos! —exclamó el padre sonriendo.

—Cállese por favor —la mirada de la sargento petrificó el rostro del hombre—. Acérquese señora Ramírez. Como ya le dije anteriormente, no encontramos nada relevante en los archivos del cuartel y descartamos el robo del cuerpo, así que estamos investigando otras causas. La he llamado porque le voy a mostrar una cosa que acabamos de encontrar. Este libro —dijo rebuscando entre los papeles y sacando un volumen antiguo— es el registro de las defunciones acaecidas en el pueblo. Muy bien —se dijo para sí sola—. Y estos papeles son los recibos de pago a los enterradores —señalando a todos los papeles revueltos que los rodeaban.

—¿Y?

—Mire el recibo del día 16 de abril de 1906. Casi cinco años más tarde que el día de la muerte de su bisabuela. Número de trabajos, dos.   Sin embargo, en el registro de fallecidos solamente aparece una persona. Don Nicasio Jiménez. ¿Por qué si hay solamente un fallecido se pagaron dos? —preguntó retóricamente— Eso no cuadra. ¿Conoce usted a ese hombre?

—Ni le conozco ni he oído hablar con él, pero aprovecho para enseñarle lo que yo he encontrado —dijo alzando la mano con las tres cartas—. Son de un amor de juventud de mi bisabuela. Pero no dicen el nombre.

—Déjemelas.

Un par de días más tarde, Petra recibió una nueva llamada de la sargento Gálvez donde, con una voz bastante más alegre de lo habitual, le comunicaba avances sustanciales en la investigación ya que había encontrado un nombre prácticamente borrado en una de las cartas. Ese nombre era Nicasio. Todo empezó a cuadrar.

 

Y ahí están las cuatro personas esperando ansiosas la apertura de un nicho. La mañana es soleada pero aún fresca. La primavera apenas hace acto de presencia. Habían convencido a un juez para exhumar el cadáver de un hombre, de Nicasio Jiménez.

—Aquí hay dos cuerpos —dice el hombre que se encarga de abrir el nicho.

— Déjeme ver. Haga sitio —la sargento Gálvez aparta de un manotazo a ese hombre. El resto de los allí presentes avanzan para poder ver si era verdad—. A ver. Aquí hay algo más —y metiendo el brazo—. Es una carta.

Todos allí centran su mirada en dicha carta. La sargento la abre y ante la expectación del resto comienza a leerla.

A quien esté leyendo esta misiva:

Debo pedirle un grandísimo favor. El mayor favor que le puedo pedir.

Es extraño escribir una carta para alguien a quien no se conoce y sabiendo a ciencia cierta que estaré en el más allá cuando sea leída. Pero allá voy. Perdonen de antemano mi letra, algo trémula. Tengo cierta intención de morir en los próximos días. Pero no sin antes ponerle en antecedentes.

Remigia era el ser más extraordinario de este mundo. Guapa, lista, inteligente, vivaz, divertida, ocurrente. No se me acaban los calificativos. Podría gastar el frasco entero de tinta intentando definir a mi amada y aun así me quedaría corto.

Estaba de visita a una tía enferma cuando la conocí. Me crucé con ella por la calle y supe que mi vida ya no sería la misma. La miré y ella me miró. Hubo una conexión total entre nosotros incluso sin haber cruzado palabra. Yo lo sentí. Ella lo sintió.

La busqué. Nos encontramos. Empezamos a conocernos. Cuanto más hablaba más quería que siguiese hablando. Mi mundo se redujo a ella. Su mundo se redujo al mío. No existía nada más. Fueron los tres días más felices de mi vida. Los días que dieron sentido a mi humilde existencia.

Pero el azar del destino nos jugó una mala pasada. La peor. Dispuso de separarnos. No fuimos capaces de remediarlo. A mí me enviaron a la capital a estudiar para boticario pero ella no pudo acompañarme. Su madre murió y a Remigia no le fue posible escapar de su deber para con su casa, su padre y su familia encadenándola al pueblo del que nunca saldría. Por motivos económicos se desposó con un mozo. Para mí fue una puñalada en el corazón y en el espíritu. Maldije a Dios y a todo el que se me ocurrió. Y ahí empezó mi tortura.

Ella tuvo un hijo, pero del parto quedó muy enferma. Al saberlo, lo dejé todo por ella y me volví al pueblo lo antes posible. No llegué a tiempo. Un día antes de yo aparecer por aquí ella falleció. Nunca la volví a ver con vida. Me sumí en la mayor de las penas habidas en este mundo y de la que nunca me he podido recuperar. A veces creo que me he vuelto loco, y me enfado conmigo mismo por mi locura, pero siempre llego a la conclusión de que sin Remigia la vida no vale un real y que no merece la pena luchar. Cada vez me encuentro más abatido y más sumido en mi propia decadencia.

Abandoné mis estudios y me fui a vivir al pueblo. He visitado  el camposanto todos y cada uno de los días de los pasados cinco años para hablar con ella y sentirla lo más cerca posible. Me he escondido de su familia para que no me vean ni conozcan de mí. Solamente ha habido una persona que me ha descubierto. Es el padre Francisco, que Dios le conceda una larga vida y le guarde en su gloria cuando le llame a su lado. Se me acercó un día y me contó que era confesor y confidente de mi amada Remigia. Ella estaba perdidamente enamorada de mí y así se lo hacía saber todos los días para pedir, a su vez, el perdón de Dios por no querer a su marido. Yo me derrumbé llorando. Y he seguido llorando cada día. Aun en estos precisos momentos no puedo sino llorar.

No ha habido día que no hablase con el padre Francisco sin excepción sobre el único tema de conversación que he tenido, que tengo, mi amor por Remigia. Él me ha escuchado atentamente los lamentos y acompañado en mis sollozos. Le estaré eternamente agradecido.

Y, sobre todo, porque le pedí un único favor, el mayor de los favores. El mismo que le estoy pidiendo a usted que me está leyendo.

Ya que no pude estar con ella en vida, déjeme estar con ella en la muerte.

Nicasio

Todos se miran y asienten.

—Cierre ese nicho. Investigación terminada.

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