martes, 31 de mayo de 2016

La cita

Se oye el sonido de la verja de entrada que se abre. El taxi se marcha dejándole solo frente a su destino. Hace una respiración profunda mientras piensa que ya no hay vuelta atrás. Siente una ligera brisa en la cara y el sol de verano le da de frente pero no le impide advertir cómo se mueven las cortinas de una ventana del piso de arriba. Sin duda está ahí esperándole. Se mira de arriba abajo para comprobar que la ropa está en su sitio perfecto mientras empiezan a sudarle las manos porque no se acuerda de las frases que había estado ensayando los últimos días para este primer encuentro.

Desde la ventana puede ver perfectamente cómo él se baja del taxi y se aproxima a la casa. Es superior a sus fuerzas parar de observarle. Rápidamente suelta la cortina cuando se percata de que está mirando hacia la ventana. Espera que no haya visto que le estaban espiando, pero se tranquiliza al comprobar que se trata ciertamente de él.

Antes de tocar el timbre suspira y piensa que todo había sido todo muy sencillo desde que habían comenzado a hablar vía WhatsApp. Se estableció una conexión casi de manera instantánea, creándose una complicidad entre ellos tal que no se ocultaban ningún secreto. Podía sentir que era su pareja ideal.

Se oye el timbre en toda la casa. Baja las escaleras corriendo para abrirle la puerta y recibirle. Sabía que le quería aún sin conocerle en persona. Llevaban mucho tiempo hablando. Pero ambos sabían que esa situación no se podía dilatar más, por eso le había invitado a pasar el fin de semana a su casa en el campo. Así comprobarían si es real lo que habían vivido a través del móvil.

Vuelve a tocar el timbre, esta vez con insistencia porque sabe que está justo detrás de la puerta. Tiene dudas de que no quiera abrirle. Ahora desea que no se hubiese ido el taxi. Quizás era mejor no conocerse y mantener la relación como hasta ese momento. En cuanto abriese esa puerta ya nada volvería a ser como antes.

Oye el segundo timbre con la mano en el pomo. Suavemente va girándolo y el pestillo deja de cumplir su función. Abre lentamente la puerta y le ve de pie con una sonrisa amable, la barba de cinco días perfectamente arreglada y una luz en sus ojos que hace que todo lo demás se desvanezca.  Sonríe.

- Hola. ¡Qué guapo estás!

- Tú sí que eres guapo, mi vida.

El mundo se ha reducido a la mirada entre ellos dos. Se funden en un beso. El primero de muchos.

martes, 24 de mayo de 2016

Camposanto

Cuatro personas esperan ansiosas la apertura de un nicho. La mañana es soleada pero aún fresca. La primavera apenas hace acto de presencia. Petra está allí, en el cementerio, a punto de asistir a la apertura de la tumba de un hombre muerto más de cien años atrás. Está rodeada por uno de los descendientes de ese hombre, del padre Evaristo y de la sargento de la Guardia Civil Gálvez, que lleva la investigación oficial. De pie, intranquila, Petra está deseosa de resolver el suceso que se destapó dos semanas antes y que es objeto de todas las conversaciones en el pequeño pueblo donde vive para poder recuperar su vida habitual.

 

Todo comenzó con una llamada del padre Evaristo.

—¿Cómo que tengo que pasarme por el cementerio? No me asuste, padre.

—Preferiría no decirlo por teléfono —su voz tembló—. Tiene que ver con la tumba de su bisabuela Remigia. Ayer, con la fuerte tormenta, cayó un rayo en el cementerio que dañó la tumba y, hoy, al ver qué había pasado, nos hemos asomado y hemos visto —hizo una pausa, dudando si continuar— o, mejor dicho, no hemos visto…

—Vamos padre, dígamelo —insistió—. No me haga esperar más.

—El cuerpo de su bisabuela no está. Lo siento mucho, hija mía.

—¿Cómo es posible?

Petra, con infinidad de preguntas en la cabeza, se dirigió al cementerio. Tuvo que esquivar un coche de la Guardia Civil aparcado delante de la puerta para poder entrar. Delante de la tumba donde se suponía que yacía su bisabuela, vio al padre hablando con una mujer vestida impecablemente con el uniforme de la Benemérita.

—¿Es usted el familiar directo de? —y mirando la lápida— ¿Remigia Huertas? —preguntó la mujer terminando abruptamente la conversación con el padre.

—¿Y usted es? —respondió Petra también de manera seca y cortante.

—Sargento Gálvez. El padre Evaristo llamó a la Guardia Civil y he venido para iniciar la investigación. ¿Me contesta? —su tono de voz mostró impaciencia.

—Soy Petra Ramírez. Remigia era mi bisabuela ¿Qué ha pasado aquí?

—La tormenta de anoche, querida Petra —empezó a responder el padre.

—Su bisabuela ha desaparecido —la sargento interrumpió rápidamente— Y viendo el interior de la tumba, yo creo que hace ya bastante tiempo de eso. ¿Sabía usted algo al respecto?

—No, para nada. ¿Y por qué se lo habrían llevado? ¿Quién querría profanar la tumba?

—Es lo que voy  a averiguar. Siempre ha habido —paró un momento para buscar el término correcto—desequilibrados y quizás estemos ante uno de ellos. Pero desde la muerte de su bisabuela han pasado ya bastantes más de cien años y eso complica la investigación. Cualquier cosa podría haber sucedido en tanto tiempo. Voy a intentar revisar los libros antiguos del cuartel en busca de cualquier indicio, pero será una empresa titánica al tener que comprobar tantos años. Padre, necesitaré acceso a los libros de la iglesia —ordenó al tiempo que el padre asentía—. Y, usted —refiriéndose a Petra—, necesito saber si todavía guarda usted o su familia objetos pertenecientes a su bisabuela.

—¿Para qué?

—Nunca se sabe. Quizás alguien querría vengarse de ella o vaya usted a saber. Sus pertenencias podrían revelar algún dato valioso para la investigación.

La historia corrió como la pólvora por todo el pueblo. Todo el mundo tenía su versión, desde un rito satánico a una venta del esqueleto, y la exponía sin tapujos a quien quisiera escucharla. Los más mayores del pueblo se pasaban el día recordando detalles de la Señora Remigia y contando chismes, inventados, exagerados o quizás reales, sobre ella.

Mientras tanto, Petra no salía de casa excepto para lo más básico. Era la única descendiente que quedaba en el pueblo de manera permanente y siempre que se disponía a hacer un recado la asaltaban para preguntarle si sabía algo nuevo, para contarle la última versión, cada vez más extravagante o truculenta sobre la desaparición de la difunta, o también para animarla a denunciar al ayuntamiento o a la iglesia. A ella eso la agobiaba. Todo el mundo tenía claro lo que hacer menos ella.

Sin embargo, Petra decidió hacerle caso a la sargento y empezó a rebuscar en lo más profundo del sobrado, donde guardaba los objetos antiguos de su familia, en busca de algo que fuera de la bisabuela. Allí encontró dos cajas que podrían haberla pertenecido. Las bajó a la cocina para echarles un vistazo concienzudo. Quería saber quién fue y qué secretos guardó su bisabuela.

Lo primero que se encontró fueron varias fotografías. Miró con interés todas y cada una de ellas intentando adivinar las personas que aparecían y los lugares donde fueron tomadas. Llegó a reconocer a su abuelo, el hijo de Remigia, a su tía abuela y a otros muchos y las distintas casas del pueblo. El color sepia, las grietas del tiempo y esos marcos antiguos enternecieron a Petra y la llenaron de nostalgia.

Después aparecieron unos libros. Los tomó con sumo cuidado. Uno a uno levantó las tapas para leer el título, intentado adivinar las historias que contenían. No reconoció ninguna obra. Pensó que quizás debería leerlos.

Y debajo del último libro encontró una cajita. La abrió. Encontró una cadena con un camafeo de oro ya ajado por el tiempo, varios anillos muy pequeños, uno de ellos roto, una bolsita de tela que parecía rellena de hierbas secas y un conjunto de tres cartas unidas por una cinta.

Las leyó con muchísima atención. Eran de un hombre. Eran de amor. La letra preciosa, muy detallista, ligeramente en cursiva. Ese tipo de letra antigua que se había perdido. Lamentablemente según pensó Petra.

En la primera carta, el hombre pedía perdón por tener marcharse del pueblo para labrarse un futuro al mismo tiempo que le declaraba su amor y le suplicaba que le esperara. En la segunda, llena de tristeza, se lamentaba por el casamiento de Remigia pero también le ofrecía su comprensión y le deseaba la mejor de las vidas. En la última, le mostraba su preocupación por su estado de salud y le comunicaba su vuelta al pueblo lo antes posible. Amor, tristeza, preocupación. Todas ellas escritas con extrema ternura, al leerlas a Petra se le cayeron un par de lágrimas por la mejilla.

Lamentablemente ni en la carta ni en el sobre aparecía el nombre del hombre. Firmó siempre como “su amado”. La imaginación se apoderó de la mente de Petra.

En ese momento sonó su teléfono móvil.

—¿Señora Ramírez? —la voz de la mujer sonó contundente.

—Sí, dígame.

—Soy la sargento Gálvez. Venga a la sacristía. Tengo que comunicarle una cosa. No tarde.

—Ya estoy saliendo de casa —dijo Petra colgando el teléfono.

La sargento y el Padre Evaristo estaban rodeados de papeles. Se veían antiguos. Ella conservaba el mismo rostro impenetrable que Petra vio el día que la conoció mientras que el padre tenía una mirada alegre, ingenua, un tanto infantil, como de un niño que acabara de abrir sus regalos de reyes.

—¡Quizás lo tengamos! —exclamó el padre sonriendo.

—Cállese por favor —la mirada de la sargento petrificó el rostro del hombre—. Acérquese señora Ramírez. Como ya le dije anteriormente, no encontramos nada relevante en los archivos del cuartel y descartamos el robo del cuerpo, así que estamos investigando otras causas. La he llamado porque le voy a mostrar una cosa que acabamos de encontrar. Este libro —dijo rebuscando entre los papeles y sacando un volumen antiguo— es el registro de las defunciones acaecidas en el pueblo. Muy bien —se dijo para sí sola—. Y estos papeles son los recibos de pago a los enterradores —señalando a todos los papeles revueltos que los rodeaban.

—¿Y?

—Mire el recibo del día 16 de abril de 1906. Casi cinco años más tarde que el día de la muerte de su bisabuela. Número de trabajos, dos.   Sin embargo, en el registro de fallecidos solamente aparece una persona. Don Nicasio Jiménez. ¿Por qué si hay solamente un fallecido se pagaron dos? —preguntó retóricamente— Eso no cuadra. ¿Conoce usted a ese hombre?

—Ni le conozco ni he oído hablar con él, pero aprovecho para enseñarle lo que yo he encontrado —dijo alzando la mano con las tres cartas—. Son de un amor de juventud de mi bisabuela. Pero no dicen el nombre.

—Déjemelas.

Un par de días más tarde, Petra recibió una nueva llamada de la sargento Gálvez donde, con una voz bastante más alegre de lo habitual, le comunicaba avances sustanciales en la investigación ya que había encontrado un nombre prácticamente borrado en una de las cartas. Ese nombre era Nicasio. Todo empezó a cuadrar.

 

Y ahí están las cuatro personas esperando ansiosas la apertura de un nicho. La mañana es soleada pero aún fresca. La primavera apenas hace acto de presencia. Habían convencido a un juez para exhumar el cadáver de un hombre, de Nicasio Jiménez.

—Aquí hay dos cuerpos —dice el hombre que se encarga de abrir el nicho.

— Déjeme ver. Haga sitio —la sargento Gálvez aparta de un manotazo a ese hombre. El resto de los allí presentes avanzan para poder ver si era verdad—. A ver. Aquí hay algo más —y metiendo el brazo—. Es una carta.

Todos allí centran su mirada en dicha carta. La sargento la abre y ante la expectación del resto comienza a leerla.

A quien esté leyendo esta misiva:

Debo pedirle un grandísimo favor. El mayor favor que le puedo pedir.

Es extraño escribir una carta para alguien a quien no se conoce y sabiendo a ciencia cierta que estaré en el más allá cuando sea leída. Pero allá voy. Perdonen de antemano mi letra, algo trémula. Tengo cierta intención de morir en los próximos días. Pero no sin antes ponerle en antecedentes.

Remigia era el ser más extraordinario de este mundo. Guapa, lista, inteligente, vivaz, divertida, ocurrente. No se me acaban los calificativos. Podría gastar el frasco entero de tinta intentando definir a mi amada y aun así me quedaría corto.

Estaba de visita a una tía enferma cuando la conocí. Me crucé con ella por la calle y supe que mi vida ya no sería la misma. La miré y ella me miró. Hubo una conexión total entre nosotros incluso sin haber cruzado palabra. Yo lo sentí. Ella lo sintió.

La busqué. Nos encontramos. Empezamos a conocernos. Cuanto más hablaba más quería que siguiese hablando. Mi mundo se redujo a ella. Su mundo se redujo al mío. No existía nada más. Fueron los tres días más felices de mi vida. Los días que dieron sentido a mi humilde existencia.

Pero el azar del destino nos jugó una mala pasada. La peor. Dispuso de separarnos. No fuimos capaces de remediarlo. A mí me enviaron a la capital a estudiar para boticario pero ella no pudo acompañarme. Su madre murió y a Remigia no le fue posible escapar de su deber para con su casa, su padre y su familia encadenándola al pueblo del que nunca saldría. Por motivos económicos se desposó con un mozo. Para mí fue una puñalada en el corazón y en el espíritu. Maldije a Dios y a todo el que se me ocurrió. Y ahí empezó mi tortura.

Ella tuvo un hijo, pero del parto quedó muy enferma. Al saberlo, lo dejé todo por ella y me volví al pueblo lo antes posible. No llegué a tiempo. Un día antes de yo aparecer por aquí ella falleció. Nunca la volví a ver con vida. Me sumí en la mayor de las penas habidas en este mundo y de la que nunca me he podido recuperar. A veces creo que me he vuelto loco, y me enfado conmigo mismo por mi locura, pero siempre llego a la conclusión de que sin Remigia la vida no vale un real y que no merece la pena luchar. Cada vez me encuentro más abatido y más sumido en mi propia decadencia.

Abandoné mis estudios y me fui a vivir al pueblo. He visitado  el camposanto todos y cada uno de los días de los pasados cinco años para hablar con ella y sentirla lo más cerca posible. Me he escondido de su familia para que no me vean ni conozcan de mí. Solamente ha habido una persona que me ha descubierto. Es el padre Francisco, que Dios le conceda una larga vida y le guarde en su gloria cuando le llame a su lado. Se me acercó un día y me contó que era confesor y confidente de mi amada Remigia. Ella estaba perdidamente enamorada de mí y así se lo hacía saber todos los días para pedir, a su vez, el perdón de Dios por no querer a su marido. Yo me derrumbé llorando. Y he seguido llorando cada día. Aun en estos precisos momentos no puedo sino llorar.

No ha habido día que no hablase con el padre Francisco sin excepción sobre el único tema de conversación que he tenido, que tengo, mi amor por Remigia. Él me ha escuchado atentamente los lamentos y acompañado en mis sollozos. Le estaré eternamente agradecido.

Y, sobre todo, porque le pedí un único favor, el mayor de los favores. El mismo que le estoy pidiendo a usted que me está leyendo.

Ya que no pude estar con ella en vida, déjeme estar con ella en la muerte.

Nicasio

Todos se miran y asienten.

—Cierre ese nicho. Investigación terminada.

lunes, 9 de mayo de 2016

La tórtola


Son curiosos estos humanos. No dejo de pensar en ellos mientras vuelo. Se creen que dominan el mundo, y puede que sea cierto. No voy a decir lo contrario. Pero ése que creen dominar no es el mundo global en el que vivimos todas las criaturas. Han modificado su visión del conjunto para centrarse en sí mismos. Se han olvidado de las demás especies, a las que tratan de inferiores y han modificado todo el ecosistema para su propio beneficio, poniéndolo incluso al borde del colapso. Pero todo no es malo, cada vez me gusta más el grano que siembran. ¡Qué rico, por favor!

Son chocantes estos humanos. Con todo el poder que atesoran, resulta que no viven mejor. Una gran parte de ellos no tiene acceso a la comida mientras que a una pequeña parte le sobra y no la comparte con los demás. Nosotras en cambio cuando descubrimos un campo recién segado, nos dirigimos a él todas juntas. Nos ayudamos. Los humanos no. Es un concepto que no llego a entender completamente.

Son raros estos humanos.  Aun admitiendo que haya una parte que viva con más comida, resulta que dichas personas no viven mejor. Para poder acceder a la comida han inventado una cosa llamada dinero que intercambian entre ellos. Quien más dinero tenga, más acceso tiene a la comida. Por este razonamiento si un humano es capaz de producir comida se supone que tendrá más dinero que nadie. Pero no es así. Casi es completamente al contrario. ¡Ojalá yo pudiera producir mi propia comida!

Son extraños estos humanos. Para obtener dinero gastan la mayoría de su tiempo en hacer distintas cosas para obtener dinero. A eso se le llama trabajo. Con lo que tenemos que un individuo humano dedica la mayoría del tiempo trabajando para obtener más dinero. Y no todos los trabajos están remunerados de la misma manera. Han establecido una especie de acuerdo tácito para pagar mejor ciertos trabajos que otros, aunque todos dependan entre sí. Y lo que no concibo es que el mismo trabajo dependiendo de la zona del mundo donde estés tiene muy distinto salario. Dependiendo donde hayas nacido o donde vivas tendrás trabajo mejor o peor pagado, podrás comprar más o menos comida y  podrás comprar más o menos cosas. Porque para eso también quieren tener dinero. Han puesto un valor a cada cosa. Totalmente arbitrario y que no consigo comprender. Y todos quieren tener cosas, cuantas más cosas mejor. ¿Para qué querrán tantas cosas?

Son insólitos estos humanos. Basan todo su mundo en el dinero y en el trabajo. Pero si les preguntas si les gusta trabajar, te van a decir que no. Que preferirían no tener que hacerlo. Así que han montado un mundo paralelo sobre algo que no les gusta. Es un sinsentido. Una vez aquí, si se supone que vives en una buena zona, tienes un buen trabajo, ganas dinero, tienes cosas, estarás mejor. Pues no es así. Porque no se conforman. Cada vez quieren más cosas. Más. Y cada vez tienen menos tiempo para disfrutarlas. Lo lógico sería que cuanto más dinero tuviesen, trabajasen menos para disfrutar más. Pero este razonamiento no les entra en la cabeza.

Son contradictorios estos humanos. Y por eso tengo curiosidad por ellos.

Se oyó un ruido seco. La tórtola miró a su lado y vio caer a una compañera suya. Ya no volaría nunca más con ella. Malditos humanos.

martes, 3 de mayo de 2016

NERÓN



Este pequeño momento ha empezado cuando regresaba a casa de sacar a mi perro, un cachorro de siete meses de edad. El cielo estaba cubierto. El invierno se resistía a marcharse, y aunque ya era primavera, soplaba un viento del norte frío que refrescaba mucho el ambiente.

Nos cruzamos con un anciano en bastón, pelo blanco escaso y afeitado. Bien vestido con traje, corbata y abrigo que parecían un poco desfasados pero le conferían un aire de dignidad y de saber estar.

-Se le ve listo al perro. Tiene cara de inteligente- dijo mirando al cachorro. Yo ya estaba acostumbrado a que mucha gente se acercara y le dijera algo al perro

-Pues es una gamberra- contesté con mi respuesta estándar y una ligera sonrisa

-Le puedo dar un consejo- me preguntó con dulzura en su voz

-Sí, claro-  le respondí algo dubitativo, ya que mucha de esa gente que se me acercaba me daba su opinión, sin haberla pedido, y, dependiendo del día, me llegaba a irritar. Pero el tono de la voz y el aspecto físico del anciano me hicieron imposible decirle que no.

-Todos los perros nacen con una enfermedad y tiene que tener cuidado con ella- aun siendo yo más joven me trató de usted denotando gran educación y respeto y me hizo  sentir más cómodo

-¿y cuál es?- pregunté curioso y pensé si el anciano no estaría delirando un poco

-todos los perros son diabéticos de nacimiento y eso hace que a partir de los cuatro años empiecen a desarrollar problemas con la vista y, que si no se trata, al llegar a los diez años pueden quedarse ciegos ¿qué le da de comer?

-pienso, únicamente- le respondí intentando obtener una aprobación del anciano ya que sí que sabía que la comida de humanos en general, y el chocolate en particular, era muy malo para la salud de los perros, provocando ceguera

-Pues lo que le tiene que dar es mezclarle su comida con trozos de zanahoria. Es el mejor método que existe para prevenir problemas de visión en perros. Y en humanos también.

-lo he oído pero a mí no me ha funcionado- dije tocándome las gafas- Las llevo desde los doce años, pero lo mío es genético. Toda mi familia usa gafas- En ese momento pensé que el anciano me estaba contando una batallita.

-No crea que se lo dice alguien cualquiera- dijo a continuación como si me hubiese leído el pensamiento- que he sido veterinario de profesión y siempre me han gustado mucho los perros.

Y en este momento fue cuando, desechada de mi mente la idea de la senilidad del anciano, empezó la verdadera historia, cargada de sentimiento, que me ha sido imposible ni olvidar ni dejar de escribir.

-Acabo de cumplir cien años

-Imposible- no pude por menos de interrumpir. Escudriñé su cara en busca de arrugas, pero no las había. Si ese anciano me hubiese dicho que tenía setenta le hubiese creído- No los aparenta, señor. En serio, está muy bien.

-Muchas gracias, joven- se sintió halagado y no lo ocultó- Hasta hace dos años vivía en el interior de la provincia, en el pueblo más alto, cercano a las cumbres que están nevadas más de medio año –yo me imaginé perfectamente un pueblo solitario, la rudeza del tiempo y la vida difícil que había pasado ese hombre- y ahí he estado criando ganado junto a la compañía de seis perros. El más pequeño de ochenta y dos kilos. Todos mezcla de mastín con san Bernardo. Son los que realmente cuidaban del ganado. Tendría que ver cómo se las apañaban en reconducir a las cabras que se salían del camino y se acercaban a los precipicios –capté un cierto orgullo en sus palabras.

Yo ya estaba totalmente obnubilado con la narración del anciano y ya no existía nada más que la historia que contaba. Ni ciudad, ni personas, ni frío. Solamente era el anciano y su relato. En eso se acercó una chica joven a acariciar el perro. Me hizo una pregunta, el anciano paró de hablar, y contesté de manera automática y un tanto desagradable para que se marchara la chica y el anciano pudiera seguir con la narración.

-Pues hace dos años tuve que vender todo el ganado, ya que mis piernas no aguantaban más –dijo mostrándome el bastón-  Me lo compró a una empresa francesa en Montpellier, una de las más grandes de Europa, que conocía de las ferias de ganado a las que he asistido. Vinieron con bastantes  camiones. Y en el último se llevaron a los seis perros- en este momento interrumpió la historia porque le estaba afectando mucho. No podía articular palabra y los ojos se le pusieron llorosos.

-¡qué momento más duro! Lo siento mucho- dije yo sin saber qué añadir más

-Pues verá, seis meses más tarde, uno de esos  perros apareció en el pueblo de nuevo. Totalmente esquelético, famélico, deshidratado. Yo ya me había mudado a la capital .Me llamó un vecino y me dijo que Nerón había vuelto al pueblo. Y le dije que  cómo podía ser si estaba en Francia. Mi vecino me contó que lo único que sabía era que Nerón había subido las escaleras de la casa con mucha dificultad, olió la cama donde dormía y bajó las escaleras y se dirigió al cementerio. Yo, fui lo más rápido posible al pueblo y me encontré a Nerón sentado en la tumba de mi padre. No quería comer ni beber. No pude hacer nada. Murió cuatro días más tarde

Volvió a interrumpir la historia. Una lágrima le caía por la mejilla. A mí también. No podía decir nada. La cara del anciano mostraba todo el amor que sentía por ese perro. Le toqué el brazo a la altura del codo para mostrarle mi apoyo

-El perro se había escapado de sus nuevos dueños y había recorrido todo el camino hasta el pueblo donde había vivido conmigo. A pesar de que yo no estaba mucho con ellos, yo era su amo y era al único al que querían. Fue capaz  de recorrer más de mil kilómetros para volver a su casa –y tras una pausa- Eran muy inteligentes. Los echo tanto de menos –su voz era apenas audible

-Desde luego son totalmente inteligentes- Fue la única respuesta que pude pensar. Todavía estaba embriagado por la historia que acababa de oír.

-Saben a quién quieren. Somos tan afortunados de poder contar con su amor -y ya recomponiéndose, dio un paso adelante con intención de seguir su camino- y ya no le quito más tiempo –parecía disculparse

-Por supuesto que no. Muchas gracias por contarme la historia. Yo tampoco le molesto más. Espero verle otra vez por aquí

-Claro

-Por cierto, me llamo César. Encantado

-César, encantado. Me llamo Vicente. No deje de saludarme si me ve.